Damos a conocer el prólogo escrito por Miguel Soler para  una nueva edición de la obra de Julio Castro “Cómo viven los de abajo en los países de América Latina” . Es una publicación del año  2008   y fue impresa en los talleres de la Escuela de Industrias Gráfica de la UTU.

El conferenciante

Para muchos de los lectores de la presente obra su autor, Julio Castro Pérez (a quien en adelante llamaré Julio), es una personalidad desconocida. Nació hace exactamente un siglo, falleció hace más de treinta años y las conferencias que se reeditan ahora fueron pronunciadas hace sesenta años. Podría parecer que la lectura que sigue nos lleva de la mano al pasado. El lector verá muy pronto que no es así, que Julio conocía – y muy bien – el pasado, se movía en diversos frentes, todos importantes, de su presente y que su mensaje contenía siempre propuestas que apuntaban al futuro. Por haber sido su colega y su amigo durante casi cuarenta años se me ha conferido el honor de presentarlo y de prologar esta obra. Lo hago convencido del inmenso bien que a los jóvenes uruguayos de hoy, y en particular a los jóvenes docentes, les hará el interesarse por esta gran figura nacional y por su inmenso legado humano, ético, profesional y político.

Julio nació en La Cruz, Depto. de Florida, Uruguay, el 13 de noviembre de 1908 y falleció en Montevideo el 3 de agosto de 1977. Maestro desde 1927, se desempeñó, concursos mediante, en todos los niveles de la carrera magisterial hasta culminarla como Inspector Departamental de Enseñanza Primaria de Montevideo, jubilándose en 1954. Produjo, sobre todo entre 1940 y 1949, una serie de obras relativas a la educación nacional, algunas de ellas premiadas en los Concursos Anuales de Pedagogía de la época[1]. Se le reconoce principalmente por su versación en los problemas de la educación rural, que trató en profundidad en algunas de sus obras. Participó como asesor en la primera Misión Sociopedagógica realizada en 1945 en Caraguatá, Tacuarembó y en la quinta, que tuvo lugar en 1947 en Pueblo Fernández, Salto[2]. Resultó fundamental su aporte a la organización y desarrollo del Congreso Nacional de Maestros Rurales (Piriápolis, 1949), y a la redacción del Programa para las Escuelas Primarias Rurales (1949). Fue dirigente de gremios magisteriales de Uruguay y de América Latina, colaborador de revistas oficiales y sindicales de su tiempo, profesor en cursos de formación docente, miembro (con Yolanda Vallarino y Enrique Bráyer, otros dos grandes de la educación uruguaya) de la Comisión Asesora del Instituto Cooperativo de Educación Rural (ICER).

La UNESCO le encomendó importantes tareas. Entre 1952 y 1954 ocupó el cargo de Subdirector del Centro Regional de Educación Fundamental para América Latina (CREFAL) que aquella organización y el Gobierno de México pusieron en marcha en Pátzcuaro, Michoacán, para la formación de educadores de comunidad de todo el Continente. En 1961 redactó para la UNESCO un informe sobre la situación de la alfabetización en Uruguay, en 1962 otro sobre el estado del analfabetismo en toda América Latina y en 1966 el informe “La alfabetización en el desarrollo económico del Perú”, documento del cual por la calidad de sus juicios he hecho extensas transcripciones en algunos de mis trabajos. Entre fines de 1966 y 1970 la UNESCO y el Gobierno de Ecuador le confiaron el cargo de Asesor Técnico Principal del Proyecto Piloto de Alfabetización Funcional de Adultos, que cumplió actividades experimentales en los cantones de Cuenca y Milagro y en la Hacienda Pesillo de aquel país. La UNESCO volvió a invitarlo en dos oportunidades más: en el Seminario Interdisciplinario de Educación Permanente que se realizó en La Habana en diciembre de 1970 y en el encuentro regional de especialistas que organizó la Comisión Internacional para el Desarrollo de la Educación que, presidida por Edgar Faure, venía preparando para la UNESCO el informe Aprender a Ser. No debo silenciar el hecho de que en muchas de estas oportunidades compartí tareas con Julio. Nuestra prolongada amistad se basaba en relaciones de carácter familiar, en afinidades ideológicas y en el hecho de que por largos períodos y en diferentes circunstancias tuve el privilegio de ser su alumno y, más tarde, su compañero de trabajo.

Fue también un destacado periodista, que escribió  sucesivamente, siempre colaborando con otro gran uruguayo, Carlos Quijano, en El Nacional, Acción y, durante 35 años, en el semanario Marcha, de vasta difusión e influencia en toda América Latina. Sus lectores de aquella época solemos destacar con qué frecuencia Marcha insertaba artículos de su autoría sobre los temas educacionales del momento, algunos de ellos verdaderos informes de investigación pedagógica. Fue, a mi juicio, el mejor periodista de la educación con que ha contado el país[3].

Participó también en la vida política nacional, con opciones generalmente independientes. En dos oportunidades presentó, sin éxito, su candidatura al Parlamento Nacional. En 1971 fue uno de los firmantes del Acta Fundacional del Frente Amplio. Por su militancia político social, se vió privado de la libertad en cuatro oportunidades, la última ya en plena etapa dictatorial. “Fue detenido – dice el Informe de la Comisión para la Paz – el día 1º de agosto de 1977. Se le trasladó a un centro clandestino de detención sito en la Avenida Millán Nº 4269, donde fue sometido a torturas a consecuencia de las cuales falleciera en ese lugar el 3 de agosto de 1977 sin recibir atención médica. Sus restos – según la información recibida – habrían sido primero enterrados en el Batallón 14 de Toledo y después exhumados a fines del año 1984, incinerados y tirados al Río de la Plata”.

Sus actividades le dieron un conocimiento profundo de la realidad uruguaya, que conoció bien por su condición de alumno de escuela rural, docente e inspector, especialista en educación rural y también, durante muchos años, productor rural en Tacuarembó. De provechosa vocación viajera, su labor sindical, periodística y educacional le permitió tener un vasto conocimiento de los pueblos latinoamericanos, realizando entre 1938 y 1971 los viajes que detallo a continuación:

– 1938: Noreste argentino.

– 1943: Chile.

– 1946: Colombia, Venezuela, Costa Rica, Cuba y Rep. Dominicana.

– 1948: México, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Honduras y Guatemala.

– 1952-54: México, en forma continuada, desempeñando el cargo de Subdirector del CREFAL.

– 1961: Venezuela y Cuba.

– 1964: México.

– 1965: México.

– 1966: Chile y Perú.

– 1966-70: Ecuador, en forma continuada como Asesor Técnico Principal de un proyecto de alfabetización convenido entre el Gobierno y la UNESCO.

– 1970: Cuba.

– 1971: Chile.

Tuvo razón Hugo Alfaro, compañero de aventuras periodísticas y buen amigo de Julio, al decir que éste “conocía esa América Latina como el jardín del fondo de su casa”.

Las conferencias

Las dos conferencias que aquí se transcriben tuvieron lugar, por invitación de la que por entonces se llamaba Asociación de Bancarios del Uruguay, los días 20 y 27 de octubre de 1948 en el Salón de Actos de dicha entidad. En la primera de ellas el orador fue presentado por el Sr. Arno Fabbri y en la segunda por el Sr. Nicolás V. Decia. He de decir que no asistí a ninguna de las dos por encontrarme en aquellos años en el Departamento de Soriano dirigiendo una escuela rural, lo que me impide comentar cómo transcurrieron esos actos que, por la versión de que dispone ahora el lector, fueron acogidos con interés y aprobación.

En 1949 la Asociación de Bancarios procedió a editar el texto de ambas conferencias con el título de “Cómo viven ‘los de abajo’ en los países de América Latina” y el subtítulo “Aspectos de la política Latino-Americana”. La primera conferencia, que lleva por título “La Situación Económico–Social”, consiste en una descripción objetiva de los hechos, con el apoyo de sus propias impresiones, de carácter fundamentalmente sociológico, antropológico y cultural. La segunda, titulada “La Situación Política” incursiona en la historia política de los diferentes países. En ambas son escasas las referencias al sector educación, pero el orador se detuvo a comentar la situación educativa en Guatemala y las múltiples realizaciones de la Revolución Mexicana, con referencias concretas a la nueva escuela rural de ese país.

Creo necesario comentar la expresión “Los de abajo” que Julio incluye en el título de su obra. Fue el título que el escritor mexicano Mariano Azuela (1873-1952) dio a una de sus 17 obras, ésta publicada en 1916 en plena Revolución Mexicana. Además de escritor, Azuela era médico y como tal se incorporó a las filas de Pancho Villa, lo que le permitió ver de cerca y reflejar en sus novelas la vida y las luchas de su pueblo.

A mediados de siglo

Pronunciadas en 1948, las conferencias de Julio se situaron en un proceso de importantes giros en la vida uruguaya de mediados del Siglo xx. Culmina el modelo batllista de democracia y de desarrollo económico. Bajo la presidencia de D. Luis Batlle Berres, la tendencia predominante será al abandono del modelo agroexportador  aplicado hasta entonces, a la tecnificación del agro, a la sustitución de las importaciones, lo que exigía la progresiva industrialización del país. Las cifras del stock ganadero (7 millones de bovinos y  20 millones de ovinos) eran por entonces inferiores a las reveladas en nuestro primer censo, el de 1908 (8,2 millones de vacunos y 26,3 millones de ovinos). Eran graves ciertas manifestaciones de la estructura productiva: en un país de fuerte vocación agropecuaria, la población rural correspondía al 20 % del total (hoy sólo es el 7,2 %). Las exportaciones tuvieron en 1948 el valor de 178 millones de dólares (un dólar correspondía en diciembre de ese año a 2,28 pesos) y en las importaciones se gastaron 208 millones, con un déficit comercial de 30 millones de dólares. Como elemento de comparación, señalo que las exportaciones solamente de carne significarán en 2008  1.400 millones de dólares. La carne hoy exportada se nos paga a 4.000 dólares la tonelada.

Como he dicho, a partir de mediados de siglo ciertos aspectos estructurales continuaron manifestándose como negativamente persistentes. Tal era el caso de la distribución de la tierra, que Julio conocía bien[4]. Las explotaciones mayores de 10.000 hectáreas (que habían sido 112 en 1908) eran 71 en 1951 (la fecha del Censo Agropecuario más cercana a las conferencias de Julio) pero de allí en adelante tampoco  tuvieron la necesaria disminución puesto que según el Censo de 2000 eran todavía 56, con una tendencia sostenida a la recomposición del gran latifundio.

Éste coexiste con el minifundio: según el Censo de 1951 el 62 % de los predios disponían de menos de 49 hectáreas, abarcando en total el 5 % del suelo productivo. El problema del rancherío, presente en la campaña uruguaya a lo largo de todo el Siglo xx, fue motivo de preocupación, estudio y denuncia por parte de Julio. Chiarino y Saralegui habían dicho en 1944: “De más de 600 poblados rurales computados en el país, solo 21 tienen agua potable, solo 19 tienen luz eléctrica y solo 53 cuentan con servicio médico permanente o semanal ”[5]. A falta de censos (que no se realizaron entre 1908 y 1963), se estimaba que la población de los rancheríos oscilaba entre 80.000 y 120.000 habitantes. Por entonces, aproximadamente la mitad de los rancheríos carecían de escuela. El lanzamiento en 1945 de las Misiones Sociopedagógicas, con Julio al frente, constituyó un llamado de atención a la sociedad uruguaya, que vivía del campo, pero no lo conocía.

Hubo sin embargo una reacción que creó enormes expectativas. En 1945 tuvo lugar en Paysandú, con importante participación de las organizaciones sindicales de docentes, el Congreso Nacional de Colonización, cuyas recomendaciones dieron lugar en 1948 (el año de las conferencias de Julio) a la Ley Nº 11.029, por la que fue creado el Instituto Nacional de Colonización, llamado a modificar a fondo las estructuras agrarias nacionales, lo que está muy lejos de haberse logrado.

De modo que el contexto uruguayo en que tuvieron lugar las dos conferencias de Julio daba lugar a considerar cómo vivían los de abajo en nuestro país, tema que el orador no trató en profundidad en ellas pues su tema era de alcance continental. Tal vez a este respecto, convenga recordar que 1948 fue el año en que se creó la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) que las Naciones Unidas confiaron a la dirección del economista argentino Raúl Prebish. Fue el año, también, del golpe de Estado de Pérez Jiménez en Venezuela, del asesinato en Colombia de Jorge Gaitán y, como reacción popular al mismo, del Bogotazo, que Julio comenta en la primera de sus conferencias. Y en el ámbito mundial, fue en 1948 que fue adoptada por Naciones Unidas la Declaración Universal de Derechos Humanos, que fue proclamado el Estado de Israel, que se iniciaron el bloqueo de Berlín y el consiguiente puente aéreo, acontecimientos que ya formaban parte de la recientemente iniciada Guerra Fría, en fin, fue en 1948 que tuvo lugar el asesinato de Mahatma Gandhi[6].

Lo que registró Julio

Comienza diciendo modestamente en la primera de sus conferencias: “Yo no puedo, ni debo, ni sé tampoco hacer un análisis exhaustivo del problema de cómo viven ‘los de abajo’ en los países latinoamericanos (…) porque he pasado muy rápidamente por muchos países y aunque en alguno he podido detenerme más, tratando de entrar a fondo en algunos de sus problemas, siempre la exposición de datos que pueda hacer aquí, en poco excede la apreciación panorámica y fugaz del viajero. Sólo diré lo que he visto, sin tiempo y documentación a mano para hacer más. Pero las personas que me hacen el honor y que tendrán la paciencia de escucharme, seguramente al final convendrán conmigo en que las cosas dichas aquí alcanzan y sobran para formarse una idea de cuál es la situación social que existe en los países latinoamericanos. A los efectos de una fácil ordenación, voy a seguir el itinerario que seguí en el viaje”. Y nos va describiendo sus vivencias en Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Honduras, Guatemala y México, de sur a norte, internándose cuantas veces pudo en la profundidad de esos países, haciendo su recorrido pocas veces en avión, usando ferrocarriles, autobuses, barcos y camiones. Un ejemplo de este contacto vivo con la realidad: “De Tumbes, última ciudad peruana, pasé en lancha a Puerto Bolívar, ya en plena selva tropical ecuatoriana. De allí en una noche de navegación atravesamos el Guayas para amanecer en Guayaquil. En Guayaquil tomé el ferrocarril que sube a Quito y después de pasar algunos días en aquella ciudad seguí a Tulcán, frontera colombiana, en un ómnibus infernal”.

A lo largo de su relato se nos presenta como un testigo incomodado por lo que tiene que decir e incómodo para quienes lo escucharon aquel 20 de octubre y para quienes pueden leerlo ahora. Ese día proporcionó, sin saberlo, un material de inmenso valor testimonial a quienes 51 días más tarde aprobarían en París la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

No anticiparé al lector la crónica detallada que Julio hace de la condición en que se encontraban los de abajo en los países recorridos. América Latina es hoy, en pleno Siglo xxi, la región con mayores desigualdades del mundo. Pero a mediados del siglo pasado esas desigualdades estaban revestidas de una inmensa crueldad. Julio denuncia la explotación y el trato discriminatorio e irredento que padecen indios, negros y mestizos; la violencia militar que se hace contra algunos de ellos; las modalidades de semiesclavitud que constituyen el pongueaje en Bolivia y el huasipungo en Ecuador; la proletarización de los niños (véase la descripción de los niños pastores de Guatemala); el uso de hombres y mujeres como bestias de carga (“un indio – dice Julio al hablar de Colombia – carga 70, 80 o más kilos que sostiene sobre sus espaldas con una cuerda que ata a una especie de vincha de cuero que lleva en la frente”); el carácter primitivo de las tecnologías productivas aplicadas, basadas en la abundancia de una mano de obra pésimamente retribuida; la pobreza del hogar campesino, del cual hace el ínfimo inventario de utensilios que encuentra en un jacal hondureño “más miserable – dice – que nuestros ‘pueblos de ratas’”).

Y no obstante, no se solaza en su propio dolor ni en el dolor ajeno. También evoca los vestigios del pasado glorioso de la etapa precolombina, “profanados y envilecidos por la conquista española (…) que no respetó ni gentes, ni templos, ni piedras”; pondera el ancestral sentido comunitario de las poblaciones indígenas, deteniéndose en la descripción de prácticas comunitarias propias de México, pero no infrecuentes en otros pueblos de la América Indígena; describe los méritos de la artesanía local: “Los indígenas de Jipijapa y Montecristi, en la costa [ecuatoriana] tejen los famosos sombreros de toquilla; los de Otavalo, impecablemente limpios, hacen, a mano, casimires finísimos; los de Riobamba, trabajan admirablemente el marfil vegetal, etc.”. Dice de la población guatemalteca, “en general formada por campesinos, indigentes, industriosos y magníficos alfareros y tejedores”. Indigentes pero magníficos, dice con dolor y respeto el maestro viajero.

Política y políticos

Dijo Julio al iniciar su segunda conferencia: “Esta vez voy a considerar algunos problemas políticos que afectan a los países latinoamericanos que más o menos conozco. Lo haré de modo muy esquemático, aunque considerando que estos son los aspectos que concitan mayor interés”. Su metodología no es la del académico ni se exhibirá como estadístico. Quien habla es un estudioso de muy buena memoria, un testigo, que de lo mucho que pudiera haber dicho selecciona lo que más tiene que ver con la vida de los de abajo, tema esencialmente humano y político.

Evoca la etapa colonial recordándonos que, a diferencia de lo que ocurrió en lo que hoy es el Uruguay, “en casi todos los países latino americanos el indio y el Imperio [español] tuvieron una influencia decisiva para la configuración posterior de sus grupos sociales. En el nuestro, en cambio, fueron ambos factores secundarios. Por eso nos es tan difícil comprender el cuadro de realidades que ofrece el Continente…”. Al pasar a resumir el tránsito de la Colonia a la vida independiente de nuestros países, demuestra que los de abajo continuaron estando abajo tras los sucesivos triunfos revolucionarios. “Un numerosísimo sector de la población de los países independientes, el mayoritario  – dice – no intervino en la Revolución y, si lo hizo, por lo menos no le alcanzaron los beneficios de ella. Porque la Revolución no liberó a los indios. Los dejó en la misma situación que antes. Aun ahora el indio no ha salido de la condición de servidumbre a que lo sometió la Colonia”.

Refiriéndose al caso de México, comenta la insurrección de los sacerdotes independentistas Hidalgo y Morelos, ambos fusilados por las autoridades coloniales, y agrega: “La revolución se hace por el pueblo; por la gente de abajo, que la sufre, la aguanta y la gana. Pero desde el momento en que la ha ganado, ya hay una casta dirigente, formada a veces en la misma revolución, que le saca de las manos el triunfo y lo usufructúa para sí”.

Julio nos explica que a la caída del imperio español se sucedió la acción de diversos imperios, hasta que ocurrió “la creciente expansión de los Estados Unidos que fue sustituyendo en lo que va del 1850 hasta el presente a todas las demás fuerzas imperiales. (…) Por eso es que hablamos del ‘imperialismo yanqui’. (…) Saliendo  de aquí hacia el norte se encuentra al yanqui en todas partes: se le encuentra en las fábricas, en el pozo petrolero,  en la bananera, en el cafetal…”. Y refiriéndose en concreto al caso de Panamá, dice: Los americanos “que están en la Zona y los que, desbordando de ella, se han radicado en territorio panameño, son gentes no asimiladas a la vida nacional, que consideran al país como una factoría”.

Vuelve a pasar en revista su viaje, de sur a norte, comentando los rasgos del pasado y del presente de aquellos países y, en pocas ocasiones, establece comparaciones con Uruguay. Va describiendo la dinámica de la región, la concentración oligárquica y caudillesca del poder, los alzamientos populares, la casi permanente represión, el encarcelamiento, la tortura y los fusilamientos individuales y masivos como métodos de control social, las traiciones a los movimientos populares, las “revoluciones estafadas”, que son numerosas. Describe personajes pintorescamente trágicos: Trujillo en República  Dominicana, Somoza en Nicaragua, Ubico en Guatemala, Carías en Honduras, Hernández Martínez en El Salvador, y otros. También las grandes figuras revolucionarias: Sandino, que durante seis años enfrentó a doce mil marines que habían invadido Nicaragua hasta que, ya liberado el suelo patrio, fue asesinado por Somoza, Gaitán en Colombia, asesinado por ser una alternativa al enfrentamiento de liberales con conservadores.  A Costa Rica, “pequeño y curioso país, con muchas cosas parecidas a las del Uruguay”, la considera un oasis. El país que sale mejor parado de su descripción de América Central es Guatemala con Juan José Arévalo al frente, un profesor formado en Argentina. Dice Julio: “Realmente, parece que con el Gobierno de Arévalo hubiera salido el sol en Guatemala”. Yo pasé por Guatemala en enero de 1954, seis años después, bajo el gobierno de Jacobo Arbenz y ratifico los juicios positivos de Julio. En junio de ese mismo año, con el apoyo de la CIA y la United Fruit, Castillo Armas invadió Guatemala desde Honduras y derrocó a Arbenz, democráticamente elegido, reiniciándose un largo período de dictaduras, crueles para el pueblo, nefastas para la mayoría indígena, aquella que Julio había descrito como indigente pero magnífica. Con toda razón dice Julio en otro apartado: “Ha sido tendencia general de las clases más reaccionarias del Continente el acogerse a la protección extranjera, antes que entregar el poder al pueblo, cuando éste está en condiciones de conquistarlo”.

Dedica once páginas de su segunda conferencia a describir la historia de la Revolución Mexicana, con sus causas, sus líderes, sus hechos fundamentales, sus grandes crímenes y sus grandes realizaciones. Refiriéndose a lo que conoció en su viaje de 1948, se mostró particularmente crítico con los sindicatos de la época: “Los líderes sindicales, me pareció, antes que luchar por los intereses de la clase que representan, lo hacen por detentar el poder en el sindicato, que es factor de prestigio y, más que nada, fuente de riqueza”. No obstante, cierra su comentario sobre México, diciendo: “Con todos sus errores, sus fallas y sus contradicciones, la Revolución Mexicana fue un hecho positivo para México y para toda América Latina”.

Ideas y valores de síntesis

Quisiera destacar algunas ideas fuerza que atraviesan el relato de Julio. Repetidamente insiste en que no está presentando un artículo de tesis y menos una proclama política propia de un partido determinado. Incómodo testigo de la realidad, como he dicho, la describe desde una honrada perspectiva intelectual que lo asocia más bien a lo que años más tarde será, para él y para tantos otros latinoamericanos, la invocación de los Derechos Humanos y el reclamo de la Verdad y la Justicia. Dijo Arno Fabbri al presentarlo: “La política de gritar verdades  es el signo de Julio Castro […] con una valentía desconocida en nuestro periodismo”.

Su crónica está atravesada por el dolor, un dolor muy suyo. Yo conocí a Julio muy bien en diversos tiempos, circunstancias y países. Su trato con los de abajo no suponía ninguna superioridad, ni siquiera involuntaria. El lector me permitirá pensar que él también se sentía a gusto considerándose uno de los de abajo. Nacido en el campo uruguayo y de oficio maestro, ¿en qué otro lugar podía ubicarse él mismo que junto a sus iguales? Canario en alpargatas, Canario bueno, sencillo y hondo, Canario hermano, le llamé yo algún día[7]. Insisto, para este hombre bueno su viaje fue una odisea por los múltiples y variados puertos del dolor latinoamericano.

Pero también nutrió su relato de denuncias: la injerencia imperial, el gamonalismo oligárquico interno, el latifundio omnipresente, la desigualdad extrema, las múltiples manifestaciones de la pobreza, las rebeliones y las consiguientes masacres, las sucesivas y prolongadas dictaduras, el analfabetismo, el retraso tecnológico, la contradicción entre los avances de algunas leyes sociales y su modesta o nula aplicación, los escasos puntos de apoyo para la confianza en el futuro. Y en ese marco, habla el maestro sobreponiéndose al dolor, para presentarnos realidades promisorias en el campo de la educación, las de la Guatemala democrática, las del México revolucionario. El lector apreciará, sin duda, su descripción del esfuerzo mexicano por edificar un sistema educativo campesino pionero en América Latina, apoyado en la tradición comunitaria de los indígenas y en el compromiso de maestros, maestras y misioneros con el momento histórico posrevolucionario de ese grande y contradictorio país, al que Julio conoció en detalle, sirvió y amó. Si fuera legítimo pensar que a todos nos puede hacer mucho bien sentirnos ciudadanos también de una segunda patria, seguramente Julio adoptaría como tal a México.

El balance final que hace Julio es severo, dramático: “Estos países latinoamericanos, países productores de materias primas, países sometidos a la influencia de otros, económicamente más desarrollados y más fuertes y prácticamente más poderosos, están siempre condicionados por los intereses y las exigencias de los que hacen gravitar su poder sobre nosotros. Y esas potencias (…) no tienen ningún interés en nuestra evolución ni en nuestra salida de la condición de países semicoloniales, como somos”.

Concluye Julio: “Quedan, para las gentes que más o menos queremos pensar con nuestras propias cabezas, dos soluciones posibles: o vivir bajo el mundo inconmensurable y absurdo de las palabras, o vivir luchando para superarlo, el triste drama de las realidades”.

En las décadas siguientes

Julio continuó enseñando, combatiendo y viviendo durante tres décadas más, hasta 1977. Fue testigo y a veces activo participante en procesos positivos y negativos. Denunció el macartismo de 1950; conoció la Revolución Boliviana de 1952, con sus tres grandes reformas: la agraria, la de la minería y la educacional; la caída de la democracia en Guatemala, en 1954; el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, con la invasión de Bahía de Cochinos y la Campaña de Alfabetización, ambas de 1961; el asesinato en 1964 de estudiantes panameños que quisieron izar su bandera nacional en la Zona del Canal; la intervención norteamericana en República Dominicana, de 1965; la elección de Allende en 1970 y su trágica caída en 1973; la aparición en 1971 de la notable obra de Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina, de la que cada año se tuvieron que hacer varias reediciones, en fin, comenzaron a menudear los atropellos del gobierno predictatorial al pueblo uruguayo. De estos hechos, en su mayor parte crueles con los de abajo, se ocupó con el rigor de siempre – lo que le costó la cárcel – en las columnas de su Marcha, definitivamente clausurada por los enemigos de la libertad en 1974. No quiso irse del país; vivió amargamente el golpe de Estado cívico militar de 1976, que haría de él una de sus más importantes víctimas, hoy todavía desaparecida.

No pudo ver ni comentar importantes vuelcos históricos que sucedieron en las tres décadas siguientes, hasta hoy: en 1979 el acceso al poder del Sandinismo en Nicaragua, con su consiguiente obra de transformación social y su enfrentamiento a la contra, ilegalmente sostenida por el Presidente Reagan; la guerra de las Malvinas en 1982; el desembarco de tropas norteamericanas en Granada en 1983; los bombardeos y la ocupación de Panamá en 1989; el fin de las dictaduras del Cono Sur y de su criminal Plan Cóndor y, más recientemente, la terrible sangría emigratoria hacia el Norte y, al fin luces al final del túnel, el progresivo desplazamiento de una parte importante de la comunidad latinoamericana hacia la izquierda, hacia medidas más efectivas de justicia social y hacia formas más eficientes de integración y soberanía.

Todavía queda mucho por hacer. A sesenta años de aquellas conferencias, América Latina cuenta con más de doscientos millones de pobres y con más de setenta millones de indigentes. Es cierto que han decrecido los abusos dictatoriales y que en algunos países, especialmente en el Cono Sur, se han comenzado a exponer públicamente algunos de los muchos crímenes de Estado de los años setenta y ochenta. Es cierto también que todos reconocemos la necesidad de la plena vigencia de los Derechos Humanos, que a veces son enseñados en las escuelas e institutos y que los educadores invocamos como conocimientos y prácticas esenciales en la formación de nuestros alumnos. Pero se está lejos de su vigencia y a veces no constituyen más que un tema de discurso. Incluso en el área educativa. Así, tras intensos esfuerzos, el 97 % de los niños acceden a la enseñanza primaria, pero no todos ellos perduran en las aulas: 88 millones de los actuales adultos no han completado la enseñanza primaria[8]. Otros 37 millones son analfabetos absolutos. “El deterioro de la educación en el continente latinoamericano – dice una investigadora – se refleja en baja de la calidad, disminución del gasto público y de los presupuestos de educación en muchos países, en la precarización de las condiciones de trabajo de los profesionales de la educación, el estancamiento o poco avance del acceso a la educación y en desfasajes importantes respecto a la pertinencia y capacidad de los sistemas educativos de garantizar egresados competentes para la dinámica compleja del mundo actual ”[9].

Muchos, demasiados, son todavía los de abajo en América Latina. Están abajo de otro modo que cuando Julio los describió hace sesenta años. Pero ha aumentado, más que en ninguna otra región del mundo, la distancia que los separa de los que están arriba. La CEPAL nos dice que en los últimos tres años las personas más ricas de nuestro continente han incrementado su fortuna en 20,4 %.

Suele decirse de tal o cual autor – y ese sería el caso de Julio, sin duda – que mantiene toda su actualidad. Es la primera reacción que tenemos al adentrarnos en su viaje de 1948. No es mérito de Julio, sino demérito de quienes le hemos sobrevivido. Yo no diría que las observaciones de Julio guardan actualidad sino que nuestra actualidad, sesenta años más tarde, reproduce y agrava algunas – no todas, debe reconocerse – de las crueles realidades de entonces. Todavía hoy es posible y necesario dictar algunas conferencias sobre cómo viven los de abajo –así, en tiempo presente – en los países de América Latina.

Leamos ahora las dos conferencias de Julio, el maestro mártir, y no desesperemos. No era un pesimista. También escribió: “El andar del tiempo hacia la liberación de los pueblos es constante y es, además, irreversible”[10].

Miguel Soler Roca

Barcelona, setiembre de 2008.

[1] Sus obras pedagógicas principales fueron: en 1940, El analfabetismo; en 1941, Los programas escolares vigentes. Modificaciones que podrían introducirse en ellos; en 1942, El banco fijo y la mesa colectiva. Vieja y nueva educación; en 1944, La Escuela Rural en el Uruguay; en 1949, Coordinación entre Primaria y Secundaria.

[2] Sobre este tema véase Bralich, Jorge, Las misiones socio-pedagógicas en el Uruguay, mimeóg. Montevideo, 1963.

[3] Recomiendo dos fuentes donde el lector confirmará la elevada calidad (y humanidad) del periodismo educacional de Julio: Rodríguez Varela, Ubaldo, “Julio Castro, periodista de la educación”, en AA.VV., Julio Castro, educador de pueblos, Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 1987. También Cuadernos de Marcha, tercera época, Nº 7, Montevideo, diciembre de 1985, número de homenaje a Julio en el que se transcriben numerosos artículos periodísticos suyos.

[4] Véase Castro, Julio, “Tenencia de la tierra y reforma agraria”, en Delgado, Oscar (coord.), Reformas Agrarias en la América Latina, Fondo de Cultura Económica, México, 1965.

[5] Chiarino, Juan Vicente y Saralegui, Miguel, Detrás de la ciudad, Impresora Uruguaya, S.A., Montevideo, 1944.

[6] Para esta enumeración de algunos hechos históricos coetáneos de las dos conferencias me han resultado útiles, entre otras, dos obras: Faraone, Roque et al., Cronología comparada de la historia de Uruguay, 1830-1985, Universidad de la República, Montevideo, 1997 y Ferro, Marc, Chronologie Universelle du Monde Contemporain, (1801-1992), Ed. Nathan, 1993.

[7] Soler Roca, Miguel, “Un desaparecido que está con nosotros”, en prólogo a Cuadernos de Marcha, Tercera época, Nº 7, Montevideo, diciembre de 1985.

[8] Datos tomados de informes estadísticos de la CEPAL y de la UNESCO/OREALC.

[9] Rivera, Marcia, La sociedad incluyente: el desafío inasible de América Latina, Barcelona, 2008 (fotocopiado).

[10] Castro, Julio, “La educación y la independencia nacional, en revista Rumbo Nº 9, Instituto Cooperativo de Educación Rural (ICER), Montevideo, 2º semestre de 1966.