Paulo Freire

 

Fragmentos tomados de  la obra “Pedagogía del oprimido” de Paulo Freire. 

Siglo XXI Editores. 1º edición

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Al intentar un adentramiento en el diálogo, como fenómeno humano, se nos revela la palabra: de la cual podemos decir que es el diálogo mismo. Y al encontrar en el análisis del diálogo la palabra como algo más que un medio  para que éste se produzca  se nos impone buscar, también, sus elementos constitutivos.

Esta búsqueda nos lleva a sorprender en ella dos dimensiones –acción y reflexión-  en tal forma solidarias, y en una interacción tan radical que, sacrificada, aunque en parte, una de ellas, se resiente inmediatamente la otra. No hay palabra verdadera  que no sea una unión inquebrantable entre acción y reflexión y, por ende, que no sea praxis. De ahí que decir la palabra verdadera  sea transformar el mundo.

La palabra inauténtica, por otro lado, con la que no se puede transformar la realidad, resulta de la dicotomía que se establece entre sus elementos constitutivos. En tal forma que privada  la palabra de su dimensión activa, se sacrifica también automáticamente, la reflexión, transformándose en palabrería, en mero verbalismo. Por ello alienada y alienante. Es una palabra hueca de la cual no se puede esperar la denuncia del mundo, dado que no hay denuncia verdadera sin compromiso de transformación ni  compromiso de acción.

Si por el contrario, se subraya o hace exclusiva la  acción con el sacrificio de la reflexión, la palabra se convierte en activismo. Éste, que es acción por la acción, al minimizar la reflexión, niega también  la praxis verdadera e imposibilita el diálogo.

Cualquiera de estas dicotomías, al generarse en formas inauténticas de existir, genera formas inauténticas de pensar que refuerzan la matriz en que se  constituyen.

La existencia, en tanto humana, no puede ser muda, silenciosa, ni tampoco nutrirse de falsas palabras sino de palabras verdaderas con las cuales los hombres transforman el mundo. Existir, humanamente, es “pronunciar”  el mundo,  es  transformarlo. El mundo pronunciado  a su vez, retorna problematizado a los sujetos pronunciantes , exigiendo de ellos un nuevo  pronunciamiento.

 Los hombres no se hacen en el silencio, sino en la palabra, en el trabajo, en la acción, en la reflexión.

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Por esto el diálogo es una exigencia existencial.  Y siendo el encuentro que solidariza la reflexión y la acción de sus sujetos encauzados hacia el mundo que debe ser transformado y humanizado no puede reducirse a un mero acto de depositar ideas de un sujeto en el otro, ni convertirse en un simple cambio de ideas por sus permutantes.

Tampoco es discusión guerrera, polémica, entre dos sujetos que no aspiran a comprometerse con  la pronunciación del mundo ni con la búsqueda de la verdad, sino que están interesados solamente en la imposición de su verdad.

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 El diálogo   como encuentro entre los hombres para la tarea común de saber y actuar, se rompe si sus polos (o uno de ellos) pierde la humildad.

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No hay diálogo, tampoco, si no existe una profunda fe en los hombres. Fe en su poder de hacer y rehacer. De crear y recrear. Fe en su vocación de ser más, que no es privilegio de algunos elegidos sino derecho de los hombres.

La fe en los hombres es un dato  a priori  del diálogo. Por ello existe aún antes  de que éste se instaure. El hombre dialógico  tiene fe en los hombres antes de encontrarse frente a frente con ellos. Ésta, sin embargo, no es una fe ingenua. El hombre dialógico que es crítico sabe que el poder de hacer, de crear, de transformar, es un poder de los hombres y sabe también que ellos pueden enajenados  en una situación concreta,  tener ese poder disminuido. Esta posibilidad, sin embargo, en lugar de matar en el hombre dialógico su fe en el hombre, se presenta ante él, por el contrario, como un desafío al cual debe responder. Está convencido  de que este poder de hacer y transformar, si bien negado en ciertas situaciones concretas, puede renacer. Puede constituirse. No gratuitamente, sino mediante la lucha por su liberación… Con la instauración del trabajo libre, no esclavo, trabajo que otorgue la alegría de vivir. Sin esta fe en los hombres, el  diálogo es una farsa o, en la mejor de las hipótesis, se transforma en manipulación paternalista.

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 Si la fe en los hombres es un a priori del diálogo, la confianza se instaura en él. La confianza va haciendo que  los sujetos dialógicos se vayan sintiendo cada vez más compañeros en su pronunciación del mundo. Si falta la confianza  significa que fallaron  las  condiciones discutidas anteriormente. Un falso amor, una falsa humildad, una debilitada fe en los hombres no pueden generar confianza. La confianza  implica el testimonio que un sujeto da al otro, de sus intenciones reales y concretas. No puede existir si la palabra, descaracterizada, no coincide con los actos.  Decir una cosa y hacer otra, no tomando la palabra en serio, no puede ser estímulo a la confianza.

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Tampoco hay diálogo sin esperanza.  La esperanza está en la raíz de la inconclusión de los hombres, a partir de la cual se mueven éstos en permanente búsqueda.

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Esperanza que no se manifiesta, sin embargo, en el gesto pasivo de quien cruza los brazos y espera. Me muevo en la esperanza en cuanto lucho y, si lucho con esperanza, espero.

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Finalmente, no hay diálogo verdadero si no existe en sus sujetos un pensar verdadero. Pensar crítico que,  no aceptando la dicotomía mundo- hombres, reconoce entre ellos una inquebrantable solidaridad. Éste es un pensar que percibe la realidad como un proceso, que la capta en constante devenir y no como algo estático. Una tal forma de pensar no se dicotomiza a sí misma de la acción y se empapa permanentemente de temporalidad, a cuyos riesgos no teme.

Se opone al pensar ingenuo, que ve el “tiempo histórico como un peso, como la estratificación de las adquisiciones y experiencias del pasado” (1) de lo que resulta que el presente debe ser algo normalizado y bien adaptado.

Para el pensar ingenuo,  lo importante es la acomodación a este presente normalizado. Para el pensar crítico, la permanente transformación de la realidad, con vistas a una permanente humanización de los hombres. Para el pensar crítico, diría Pierre Furter, “la meta no será ya eliminar los riesgos de la temporalidad, adhiriéndome al espacio garantizado, sino temporalizar el espacio. El universo no se me revela – señala Furter – en el espacio imponiéndome una presencia maciza a la cual sólo puedo adaptarme, sino que se me revela como campo,  un dominio que va tomando forma en la medida de mi acción”. (2)

Para el pensar ingenuo la meta es apegarse a ese espacio garantizado, ajustándose a él y al negar así la temporalidad se niega a sí mismo.

Solamente el diálogo, que implica el pensar crítico, es capaz de generarlo. Sin él no hay comunicación y sin ésta no hay verdadera educación.

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La educación auténtica, repetimos, no se hace de A para B o de A sobre B, sino A con B, con la mediación del mundo. Mundo que impresiona y desafía a unos y a otros originando visiones y puntos de vista. Visiones  impregnadas de anhelos, de dudas, de esperanzas o desesperanzas que implican temas significativos, en base a los cuales se constituirá el contenido programático de la educación.

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No serían pocos los ejemplos que podríamos citar de programas de naturaleza política o simplemente docente, que fallaron porque sus realizadores partieron de su visión personal de la realidad. Falta verificada porque no tomaron en cuenta, en ningún instante, a los hombres en situación a quienes dirigían su programa, a no se como meras incidencias de su acción.

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Es por esto por lo que no podemos, a menos que sea  ingenuamente, esperar resultados positivos de un programa, sea éste educativo en un sentido más técnico o de acción política, que no respete la visión particular del mundo que tenga o esté teniendo el pueblo. Sin ésta el programa se constituye en una especie de  invasión cultural, realizada quizá con la mejor de las intenciones, pero invasión cultural al fin.

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(1)     Trozo  de una carta de un amigo del autor

(2)     Pierre Furter , Educaçao e vida, Editôra Vozes, Petrópolis, Río, 1966