LA OCULTACIÓN DE IGNORANCIA EN LA   ESCUELA   PRIMARIA

            Muy pocas veces nuestros escolares reaccionan frente a las cuestiones que les planteamos, con un “no sé”.

Antes de una confesión de tal índole prefieren salir del paso apropiándose de las soluciones a que llegaron sus condiscípulos, o diciendo lo primero que les viene a la boca, o encerrándose en mutismos, o recurriendo a gestos con los que quieren simular olvidos; todo, menos declarar lisa y llanamente “no sé”.

Es difícil que esta resistencia, así, tan cerrada a la confesión de ignorancia, tenga origen puramente callejero u hogareño. En lo que llevo observado, las simulaciones se manifiestan en forma muy atenuada en el primer mes de escolaridad; en tal período, abundan los que, espontáneamente confiesan incapacidades. Lo dicen, al principio, sin timideces, luego vienen temblores en la voz, arreboles en las mejillas, demoras en el expedirse, después el hermetismo o el decir por decir, o el presentar como propio el trabajo ajeno, o el accionar como si la verdad buscada se hallara en la punta de la lengua, pugnando por salir.

Estoy lejos con esto, de sostener que la escuela es la generadora de esta tendencia que lleva al niño a la ocultación de su ignorancia; éste, mucho antes de ingresar a los centros educacionales, aprecia el no saber como elemento inferiorizante. Desde los albores de su existencia, el niño va fijando posiciones con respecto al mundo que lo rodea y extrae de él un sentido acomodado a sus experiencias y al modo cómo éstas lo impresionan. La calle y el hogar están saturados de desprecio hacia el no saber, plenos de sanciones que, como el ridículo, los reproches, las malas consecuencias, de una conducta inhábil, llevan pronto a la conciencia, a la formación de un concepto desfavorable para las manifestaciones de ineptitud.

Las reacciones no se hacen esperar y vienen acomodadas a una de las direcciones generales que sigue la materia viva, para proteger las áreas débiles: se tiende a la ocultación como si en las formas superiores de la organización de la vida, el mimetismo, desbordando lo físico, actuara sobre lo psíquico, y lo moral.

El niño al ingresar a la Escuela ya sabe, pues, con respecto a este punto, de defensas y naturalmente se prodiga en ellas, porque toma la infancia como uno de sus grandes instrumentos de corrección. Un impulso, al parecer atávico, arrastra al párvulo a la estigmatización del inepto: apedrea los ancianos, provoca a los ebrios, atormenta a los tarados mentales, se burla de los defectuosos psíquicos, tiene risas crueles par las dificultades de expresión de los tartamudos. Sus tiros son siempre certeros para atacar a quienes, dentro de las normas de justicia biológica, constituyen elementos cuya reforma o desaparición convienen a la especie.

En la infancia hay luchas donde las heridas más crueles son las que no sangran; se va por lana, buscando los puntos débiles: ¡ay! Del rotoso, del remendado, del que calza burdamente; ¡ay! De los que tienen familiares cuyos nombres andan en el mundillo de la maledicencia. Se va por lana, presto a herir, con el fino aguijón de la burla, en las zonas más sensibles del ser; pero ¡cuidado pequeño atacante! No bajéis la guardia porque con la piedra que hieras, seréis herido. Disimula, miente, si es preciso: tu vestido es pringoso, pero para uso dominguero tienes uno muy lindo. Tu madre es pobre, pero a tu padrino no hay quien lo iguale en riquezas. ¿Y la muñeca que tienes en tu casa? ¿No es, acaso, la más bella, la más grande, la mejor vestida? ¿Qué no te creen, que quieren verla?, ¿que se atreven a decirte mentirosa, que te acompañan hasta tu misma casa para cerciorarse de tu verdad? NO, ahora no puede mostrarla; la tienes donde tu abuelita, que vive en lejanías de ensueño, en mansión desbordante de mármoles y flores.

A los maestros nos viene un material humano tendido por leyes inexorables de la naturaleza, a las más variadas formas de ocultación, de los sectores que el sujeto considera como elementos de minusvalía.

Colocado el niño en el medio escolar, donde el saber es uno de los valores mejor cotizados y la ignorancia un motivo de anatematización, se mueve, impulsado irresistiblemente por sus tendencias biológicas, en forma que sus desplazamientos sirvan para mostrar lo bueno, pero, especialmente, para ocultar lo criticable. Orondo, como el grajo de las ajenas plumas, muestra la solución que acaba de hurtarle a un compañero: aguza el oído para captar el soplo amigo, quedo rumor de labios duchos en modulaciones que reducen al mínimo el movimiento, soplo que ha de recogerse con la oreja desacomodada a la recepción de la onda sonora, con los ojos fijos en los ojos vigilantes del maestro, a quien hay que mentirle profundas concentraciones espirituales, mientras todo el ser se vuelca a lo externo, hacia allí,, adonde hay labios simuladores de silencio. No hay cuidado que responda “no sé”, prefiere el riesgo de contestar un disparate, lanzando, al azar una respuesta, pero en este caso la expresa con el aplomo de quien se siente en posesión de la verdad, no sea cosa de que se acierte y en el temblor de la voz se descubran intentos de adivinar.

No, la escuela no es la generadora de esta tendencia de ocultamiento, pero incide sobre ella, la exalta y la lleva más allá de lo que a mi juicio, es debido. Porque si todos estamos de acuerdo en que es de sabios decir “no sé”, de virtuosos el ser sinceros, de honestos el no presentar como propio el trabajo ajeno, no veo yo cómo pueden adquirirse tales virtudes si en la escuela no se practican y si, además, se crean de continuo situaciones que llevan a la ejercitación del pecado. No llego con esto a pedir la extirpación absoluta del mal; aún si fuera posible, habría de andarse con tiento, ya que todavía no estamos en condiciones de prever las consecuencias que provendrían de un cambio radical en los procedimientos.

En principio, debemos sentir profundo respeto por todo lo que aparece en el espíritu del niño con caracteres de universalidad y debe bastarnos ese hecho, mientras no se pruebe lo contrario, para considerar favorable a los intereses generales de la especie, las tendencias de ocultamiento, aunque no podamos descubrir las razones de su bondad.

Pero estimo peligroso para los fines de la educación, el dejarla prosperar sin limitaciones y mucho más que la Escuela se convierta en un factor malsano de hipertrofia. Creo que nosotros llegamos a esto.

Una serie de prácticas, un conjunto de hábitos, distintas formas de conducirnos, arraigados conceptos acerca de lo que debe ser el maestro, el niño y de lo que éste es capaz de alcanzar, van dirigidos todos a la creación de un sistema donde el alumno se mueve a base de insinceridades, sometido continuamente a situaciones que lo arrastran a fingir, a degradarse moral e intelectualmente y a impedir, además, que su maestro actúe sobre él para eliminar la falta de aptitud que se oculta.

Si elogiáis demasiado al que sabe, sembráis, muchas veces sin daros cuenta, un semillero de tentaciones: todos querrán alcanzar el cielo; por medio lícitos unos, pero los más, por tortuosas sendas. Si castigáis, si recibís con gestos agrios o con una mala calificación las demostraciones de ignorancia, en algunos obtendréis nobles enmiendas, pero otros, por arteros medios, procurarán eludir el castigo.

A veces en este mundillo, cerrado a los ojos del maestro, los personajes se mueven con las mismas furias pasionales, que los de Shakespeare.

¿Quieres copiar o que te sople en las apuradas? Venga entonces el enmantecado pan, la jugosa naranja, la codiciada figurita, con la que ha de completarse la colección.

Dramáticas transacciones en cubileteos de trastienda envueltas en sombras protectoras de pecados. A veces, la venganza llega al refinamiento. ¿Qué preguntó el maestro? Estabas distraído y fuiste elegido para la respuesta… Tienes una cuenta que saldar. Un corte en un hilo de una cometa, un pleito sobre bolitas… una delación. El maestro aguarda, al fin viene el soplo, lo recoges anhelante, sin sospechar que viene envuelto en alevosas traiciones, y contestas “La diez millonésima parte del cuadrante del meridiano terrestre”. La clase estalla en risa, después llegas a saber que se te preguntaba acerca del número de patas de los insectos.

Una actividad docente bien orientada, elimina en gran parte la necesidad de tener que echar mano de sanciones. En escuelas donde se recurre a las cuentas largas, a las copias largas, a los dictados largos, para fijar con ejercicios de esta índole el conocimiento, el niño no puede moverse con otros fines que los menguados de obtener un premio o eludir un castigo. Exigen larga quietud corporal a quienes la movilidad les es placentera; obligan a andar sobre lo viejo, sobre lo ya conocido a quienes tienen permanente avidez de novedad; no dan lugar al descubrimiento, al esfuerzo creador, goce supremo de la infancia, fuentes de placer puras, que incitan a la acción sin macularla de halagos o regaños. A medida que se afina la técnica, acomodándola a los nobles intereses del niño, las sanciones van perdiendo su razón de ser. Ya las hemos disminuido en alto grado: el premio material, el juguete, la medalla, tienden cada vez más a desaparecer, lo mismo pasa con la penitencia y con el castigo corporal, no tanto por las disposiciones que los prohíben, como por las transformaciones de la técnica en el arte de enseñar.

Hay de esto un testimonio elocuente: cuarenta años atrás, marzo se anunciaba con lloros de niños; a la rastras, alzados en medio de furiosos pataleos, con obstinaciones que no cejaban ni con la amenaza de la intervención del celador, ni la promesa del orozú de palo, se hacía la primera entrada a los centros educacionales.

No se han aumentado los premios, ni acrecido los castigos para lograr conversiones en el conducirse de los alumnos. Hoy se va a la escuela con placer y se está a gusto con ella, porque los procedimientos para el aprendizaje, se van concertando a las características de la infancia. Si las palabras muy halagüeñas o las duras reconvenciones llevan a ocultar la ignorancia, miremos con prevención esas armas, para hacer de ellas un uso más prudente: no sea cosa que, afanados en mejoras, logremos en cambio, por errores de táctica, resultados mucho más nocivos que los que deseábamos mejorar. Con esta conducta iríamos también contribuyendo a la realización de uno de los sueños más caros del hombre: a la conquista del bienestar moral sin que anden por medio, ni las obligaciones ni las sanciones.

En la Escuela Primaria, en la nuestra y, posiblemente en la de todos los países del mundo, la tendencia a la ocultación, prospera porque hacemos mover al niño en un mundo que es incapaz de comprender; unas veces, porque las técnicas no son correctas, otras porque el conocimiento es inaccesible para su mentalidad. Si no se comprende, por cualquiera de estas dos causas, y ya se tienen inhibiciones profundas para acusar ignorancia ha de recurrirse forzosa e ineludiblemente al engaño. Entonces se simula saber: se memorizan, con ausencia absoluta de comprensión, los teoremas, las demostraciones, los mal llamados problemas aritméticos; de memoria, al pie de la letra, se recitan los textos; por aquí composiciones a base de frases hechas, o extraídas integralmente de un libro, o arrancadas a fuerza de llantos y de ruegos a los familiares; por allá, asirse al soplo amigo, o el copiar a un compañero.

En estas redes tan sutiles, caen hasta los maestros más avisados. Se cree que los niños, efectivamente, saben y comprenden, pero la más ligera prueba, el más leve soplo sobre puntos inexplorados, nos dicen, en seguida, de castillos esplendentes, levantados sobre arenas movedizas.- ¡Oh, tú, que nos hablas, con sapiente lengua, de repartimientos proporcionales y con empaque de economista, disertas sobre las producciones de Beluchistán! –Dime de tus artes para ocultar a los ojos de tu maestro que no sabes disponer cantidades para efectuar una suma, o dar la vuelta a quien te entregó diez pesos para el cobro de una cantidad. -¿Cómo hiciste tú, mentidor de conocimientos en geografía económica, para ocultar tu creencia de que entre las producciones de la manzana donde vives, figuran números de lotería? – Cuando vienen a mí, programas pomposos, en los que se encierra casi todo el humano saber, pienso inmediatamente en la influencia que ejercieron sobre ellos las simulaciones de la infancia.

Introducid en los programas, cada vez, más conocimientos, que el niño en lugar de deciros “no sé”, “no comprendo”, se arreglará de modo que no sintáis el burladero, y a la postre, dinamizado por engañosos triunfos, os sentiréis tentados a exigir más conocimientos y así, en carrera sin límites, porque el burlador irá siempre prendido a los faldones del burlado.

El día en que verdaderamente sepamos del saber de nuestros niños, en el que podamos apreciar, sin posibilidades de errores, su capacidad para comprender, el día en que ellos no nos engañen y no nos engañemos a nosotros mismos, habremos puesto una sólida piedra en los débiles cimientos de la ciencia pedagógica.

Pero no podemos esperar tal triunfo si, previamente, por todos los medios, no vamos a la conquista del alma del niño para que se nos entregue abierta ofrendándose en sinceridad.

No prodigar las zalemas, que el deleite que ellas procuran es inferior al gozo de sentirse apto. Haya mieles en los labios y placidez en el gesto para recibir las confesiones de incapacidad.

No les pidamos imposibles, pero tú también, ¡Oh maestro! Si quieres que te imiten, muéstrate sincero; no basta que lo seas, es necesario también que aparezcas como tal. El niño te e envuelto en una aureola de sabiduría eres único para él. Podrán ser sus padres superiores a ti, ¡Oh maestro!, enormemente superiores, pero niegan rotundamente en ellos, lo que afirman en vos. –Perdona, pero tú también, sin quererlo, en cierta forma, eres un ocultador de ignorancia.

¡Qué pocas veces tus discípulos oyen de tus labios un “no sé”! –De tu léxico, par uso escolar, se han eliminado todas las expresiones dubitativas y hasta las que dicen de un conocer futuro. La enseñanza se mueve dentro de un sistema donde no hay lugar para el “me parece” el “es posible que sea así”, el “tengo dudas y estudiaré el punto a fin de ver si puedo disiparlas”. -¿Cómo han de venir a los niños, y para usarlas en la escuela, palabras que no sean las tuyas? –Se sostiene por muchos, que el maestro, para mantener su autoridad nunca debe colocarse en posiciones que lo muestren incurso en dudas o ignorancias. – Esta fue la voz imperativa de un pasado que hoy aún tiene resonancias en la conciencia profesional de presente. La autoridad por encima de todo, pero autoridad mentida, como la que se basa en el terror, o en los vínculos de sangre. Autoridad hacedora de súbditos, pero no hacedoras de autoridades como lo requiere la democracia.

Autoridad reforzada con la palmeta, con el aire ceremonioso del dómine que, empinado en su tarima, como un rey en su trono, daba sus primeras lecciones de servilidad. Pero los desplazamientos dentro de ese campo, si bien mantenía en todo su poderío la autoridad, limitaban y hasta pervertían la acción educativa.

El maestro para no mostrar sus flaquezas se veía obligado a restringir en absoluto la libre actividad del niño. Mientras aquél dice y éste escucha, las posibilidades de caer en falta están en lejanías. Se eliminaron también los hechos: con decir cómo se hacían las cosas, no había peligro de incurrir en yerros; los había, en cambio, al hacerlas. El hecho tenía una autoridad que podía estar en pugna con la del maestro.

En tal sistema, no entraban las interrogaciones del alumno. Sempiterno preguntón en la calle y en el hogar, en la escuela se enquista en silencios. Ese pasado tiene todavía resonancias en la conciencia profesional del presente. Entre el maestro y el niño hay una valla que determina zonas de incomprensión. – Procura ¡oh maestro! Eliminarlas para que los niños vengan efectivamente hacia ti, ofrendándose en sinceridad. No conviene desterrar por completo el sentimiento de vergüenza que origina en nosotros el no saber, porque él nos conduce a enmiendas; pero hemos de crear un sentimiento más fuerte, el de avergonzarnos de ocultar ignorancia, echando mano para ello de recursos indebidos.

Debemos hacer algo para aminorar estos males, pues, como lo dije hace un momento, si es de sabios decir “no sé” de virtuosos el ser sinceros, de honestos el no presentar como propio lo que es ajeno, no veo yo como pueden adquirirse tales virtudes, si en la escuela no se practican y si además se crean de continuo, situaciones que llevan al pecado.

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